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En la Agenda del Olvido

Todos le recordamos como un tipo jactancioso. Se regodeaba cuanto podía de sus conquistas amorosas, también de las que figuraban en su amplio repertorio casi novelesco. El día en que vio a Clara, un amor de juventud, fue el último día que se supo de él.
Le vieron aquella mañana corriendo por la calle hasta detener a una mujer, nadie se sorprendió por ello. Era Clara. Debió verla pasar desde la ventana, pues cuando salió de su casa a toda prisa, fue directo hacia ella. Dicen que primero, gritó impaciente su nombre. Cuando ya le hubo dado alcance, la tomó del brazo; pero el destino, a menudo, insensible al reclamo de los caminos anteriormente transitados, no actuó en su beneficio.Clara le miró de arriba a bajo, se detuvo en sus zapatos, volvió hasta llegar a su cara. Se supo más tarde que ella no le recordó. Él la soltó del brazo mientras miraba horrorizado cómo se alejaba a la intransigente velocidad de la amnesia. Unos días después, fui con un amigo a su casa a verle. Quisimos averiguar personalmente si era cierto que Clara ni tan sólo le recordó. Reconozco un cierto grado de placer en verle humillado por una vez, pero lo que más curiosidad me causaba, era escuchar su propia versión de los hechos. Esperaba un giro completo sobre lo ocurrido, imaginaba su aire de autosuficiencia. Cuando llegamos a su casa, nos sorprendió que la puerta estuviera abierta. Entramos, todo estaba desordenado, los libros fuera de sus estanterías, la lámpara de la mesita del teléfono estaba en el suelo y a su lado una agenda. Yo mismo la tomé del suelo y vi que había quedado abierta por dónde aparecía el nombre de Clara. Pero lo que realmente nos sobrecogió fue la pared blanca, entonces fue cuando comprendimos la desesperación de nuestro amigo al comprobar que Clara le había olvidado. Debió sentir que traspasó alguna suerte de barrera que le trasladaba a algún lugar ignoto . En aquella misma pared, en la pared blanca, había escrito su propio número de teléfono, y como si se hubiera intentado redimir del implacable fallo dictado por el olvido, anotó en grandes letras rojas: “Pasó por tu vida Miguel”. Debajo de las letras encontramos sus zapatos.

Categorías:Relatos

Montse González de Diego

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