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El vuelo de las palomas

2019-05-12-el vuelo de las palomas imagen foto

Los discos compactos pendían de la cornisa del edificio. Por el reflejo de la luz diurna, devolvían destellos de colores, tenues, suficientes para alejar a las palomas del balcón en el que su mujer, a menudo y sin indicios de mostrar complejos, se atrincheraba dispuesta a defender, un hábito recién consolidado, trabado al mismo tiempo que los albañiles engarzaban los balaustres al terrado, donde las palomas hacían de la piedra su morada.

Los ojos del arco iris, pensó Julio anudando la cinta que introdujo por el orificio del disco, el penúltimo por colgar, a la balaustrada. Desconocía el verdadero uso de aquellas arandelas irisadas, más allá de la relación que establecía su hijo entre un disco compacto que sacara del bolsillo, durante sus tardes de visita, y algún cantante de moda o alguna melodía de otra época que Julio acompasaba con el pie, enmudecido por las cuerdas vocales de la nostalgia. En cualquier caso, puestos a espantar palomas, creía más acertada la solución casera de Andrés que la de instalar un ahuyentador con pinchos.

—Son tan infames las palomas —dijo forzando una carcajada.

—Verás la cara de mamá cuando vea esto —contestó Andrés al tiempo que pasaba la mano por el cabello—. Me dijo que trajera el ahuyentador hoy mismo.

—Así queda más decorativo. —Sacudió la mano en el aire hacia atrás, hacia los discos compactos, mirando al suelo.

—Le diré que lo he pedido por Internet y que me lo enviarán a casa.

—Muy bien, hijo. Sí, pídelo por Internet.

Andrés agachó la cabeza y rió para sí. Su padre era incorregible, parecía indicar su gesto.

—Llegará, papá. Ya te he explicado cómo funciona.

—Claro que sí. Internet es tan fiable como comprar en una ferretería imaginaria o en la de un sueño. Pero es una idea magnífica. Sí, cómpralo por internet, hijo.

—No lo traeré hasta dentro de dos semanas. Dudo que pueda venir antes, cosas del trabajo. Para entonces te habrás recuperado.

—Sólo necesito un par de días, Dios, no es tanto tiempo. En cuanto limpie el balcón tu madre se olvidará de las palomas. Bien hecho, hijo.

—Vale, pero recuerda que volveré con el ahuyentador. Encárgate tú de convencerla. Yo me lavo las manos.

Julio cogió el bastón apoyado en la pared y masculló algo imperceptible mientras tomaba el brazo de su hijo. Sin lugar a dudas, a juzgar por la incrédula sonrisa de Andrés, había nombrado al apóstol traidor más alto de lo que debió calcular, pero lejos de mostrar arrepentimiento o dar señales de disculpas continuó bajando la escalera cavilando sobre la moda de comprar por Internet, un hábito que empezaba a serle familiar y que despertaba en él desconfianza y cierta sensación de inutilidad en la que prefería no detenerse.  La solución propuesta por su hijo, sin embargo, le pareció aceptable, de modo que no volvería a pensar en el asunto, hasta que unos días más tarde y en una conversación telefónica, Andrés le explicaría que había reclamado el ahuyentador. Tan sólo pensar en aquel trámite, enemigo de la burocracia como era, reafirmaba su negativa a usar la red y a experimentar con todo aquello que la artritis de sus manos le impidiera palpar. Y en un esfuerzo por demostrarse a sí mismo que su rechazo a las nuevas tecnologías se basaba en una elección debidamente sopesada se imaginó solicitando por Internet las postales encontradas en las calles de los mercadillos ambulantes, o comprando en las librerías de segunda mano que frecuentaba. Incluso se figuró completando de igual modo su colección de sellos, sellos que flotaban en un cubo de agua y se despegaban de los sobres esperando uno a uno el rescate. Con lo sencillo que era comprar el ahuyentador en una ferretería, concluyó.

El segundo tramo de la escalera lo bajó con menor dificultad. Notaba cierta mejoría en la rodilla y fue directo, sin embargo, a la tumbona del balcón donde vio los discos ondearse y a su hijo dirigirse al cubo decidido a fregar el suelo. Ni borró Andrés las huellas de las aves salpicadas sobre el terrazo, ni él de su memoria, del pasado siglo, cuando paseaba con Elvira por la plaza Cataluña y, rodeados de palomas, su novia exclamaba que olían a mar. Él contestaba, inútilmente, que las trajeron de la montaña, de Montjuic, para la Exposición Internacional del año veintinueve.

—Cómo saltabas con las palomas —dijo alzando la cabeza y mirando a su hijo.

Andrés esbozó una sonrisa de medio lado. Su padre solía recurrir a las anécdotas campestres más inesperadas, incluso olvidadas por la familia, para amenizar una comida o una tarde de visitas, pero había perdido la costumbre en los dos últimos años, lo que sugería, en cierta manera, que su interés por las aves había desaparecido definitivamente. No había reparado, hasta que su madre le pidió comprar el ahuyentador con pinchos, en lo absorto que sus problemas personales lo habían mantenido. Julio le señaló el rincón de la terraza.

—Tráeme esa bolsa, la verde. Debajo de las blancas.

Andrés dejó la fregona y acercó la bolsa a su padre. Julio la abrió, hundió la mano, sacó un puñado de pienso y se acercó a la baranda del balcón con la garrota.

—Ésta siempre vuelve.

Por si no fuera poco, la paloma empezó a comer dando atisbos de una hospitalidad que le estaba vedada.

—Papá, mamá está a punto de llegar.

Andrés fue a la tumbona, tomó la bolsa y la ocultó en el rincón. Al agacharse para anudarla, sintió el deseo de meter la mano entre el trigo y la veza.

Así no harás nada. Recordó a su padre cuando le unía una mano a la otra, siendo muy niño, y le enseñaba cómo dar de comer a las palomas.

—Tienes que llenarte las manos de pienso.

—Sólo come esa, las otras son tontas. No se acercan, les da miedo.

—Tú sí que tienes miedo, pareces una paloma asustada. Por qué iban a acercarse, si no das nada de ti. Llénate las manos. Vacía la bolsa.

Y mientras lloraba, desconcertado por el modo en el que le hablaba su padre, veía a su madre sentada en el banco, y aunque ella le miraba, la sentía lejana, desconocida, por lo que más fuerte gritaba incapaz de contenerse, hasta que su padre, de cuclillas junto a él, giró la cabeza en dirección al banco, justo cuando ella volvía la cabeza buscando la carretera.

Oyó la puerta de la calle cerrarse. Sin duda, su madre había llegado, de modo que cerró la bolsa tan aprisa como pudo, buscó a su padre, apoyado en la tumbona, escondió la bolsa bajo las blancas y colocó encima el saco de arena destinada a las plantas. Antes de saludar a su madre se acercó a la baranda donde había comido la paloma. Y sí, suspiró entre dientes, estaba limpio. Entreabrió la boca sorprendido. Desde luego, los brazos de su padre parecían, mientras los alzaba y agitaba sin dirección, las ramas de un árbol crecido sobre las estériles semillas del histrionismo, y mientras llamaba a su mujer, desde el umbral de la puerta que daba al comedor y decidido a mostrarle los discos colgantes, Andrés se acercó a ella y la besó en las mejillas. Eso, disimula, se dijo mirando de reojo al árbol crecido e interponiéndose entre Elvira y las vistas al exterior, ocultando su parte en el asunto mediante un abrazo sentido a su madre, y agradecido a su padre, con sonrisa más amplia de lo conveniente, delatora, por su capacidad de atraer para sí las responsabilidades en los momentos familiares más espinosos. Pero el exceso de entusiasmo y los apretones de hombro entre ellos debió recordar a Elvira el negocio de souvenirs que Julio ideó al jubilarse, tapadera formidable para almacenar libremente toda clase de artilugio en la vitrina, a propósito instalada en una habitación que más tarde delimitaría sus dominios. La imagen de los dos ordenando la vitrina con las informes figuras halladas entre los residuos, en la fábrica de plásticos, sin duda, debió alertarla. Estaba sobradamente familiarizada con los gestos que acompañaban la culpa que padre e hijo intentaban repartirse sin acierto. Miró hacia la cornisa y vio los discos colgantes cuando, sin mediar palabra, dio media vuelta y fue al comedor seguida por su marido.

Andrés, todavía en el balcón, escuchó una breve discusión, demasiado breve, murmuró. Entró en el comedor, pero no vio a sus padres ni luz que iluminara la estancia. Sintió el frescor que la persiana bajada, los listones apiñados como un bosque sembrado de pinos, proporcionaba a la sala. Las llaves que su madre lanzó sobre la mesa se enredaban entre el ganchillo del tapete. Las desprendió, compuso el centro y arregló el florero. Debería explicarle que volveré en dos semanas a instalarle el ahuyentador, pensó, pero la situación le superaba. Ella se empeñaría en mostrarse enfadada, casi tanto como su padre fingiría que no pasaba nada. Deseoso de marcharse, en un intento por disimularlo y decidido a no empeorar la situación, se acercó al tocadiscos, junto a la estantería, pulsó el interruptor y colocó la aguja de modo que sonara. Es la historia de un amor como no. No. No era buena idea. Si sus padres no estaban para discos compactos tampoco lo estarían para vinilos, y él menos todavía. Apagó el tocadiscos sintiendo cierta ira o desasosiego, no estaba seguro, por el zarandeo del pasado. Es la historia de un amor, repitió en su mente al tiempo que sentía un calor negro en las mejillas. Cómo pudo imaginar, sin embargo, que ése era el disco que sonaría, cómo pudo haber previsto, cuando Marta decidió comprarlo y regalarlo a sus padres, para las bodas de plata, que apenas unos meses más tarde acordarían los detalles de la separación. Sí, demasiado atrás quedaban aquellos años como para detenerse en ello ahora, aunque no tanto los días de su divorcio. Él estaba bien, Marta estaba bien, eran felices. Suficiente. Su padre, de haberle explicado sus esfuerzos, después de escuchar la canción, por regularse a la temperatura de la realidad presente, le hubiera hablado de la fuerza de ánimo con la que empujaba el segundo milenio, una fuerza incontenible que lo había cambiado todo, una explicación como cualquier otra para evadir cuestiones sentimentales que le afectaban a él, sin la menor duda, pero qué otra cosa podía decirle. Le constaba que, desde muy niño, las discusiones entre sus padres habían sido frecuentes, incluso en las tardes de aparente calma, de paseos junto a mares aterciopelados, supieron mantener el equilibrio sobre los aledaños espumosos de la discordia. Lo suyo con Marta, en cualquier caso, había sido diferente, solía repetirse llegado a este punto buscando la calma que requería abordar el asunto, ya que ellos ni siquiera discutían. Quién podía decir, sin miedo a equivocarse, que tomó la decisión correcta en lo referente a su relación. Tampoco su padre pudo hacerlo entonces y tal vez fuera ese el motivo por el que se cubrió con el sagrado lienzo del silencio cuando supo la noticia de la separación. Nunca lo sabría.

Miró el reloj y al tiempo que se acercaba a la habitación de Julio lo imaginó tras la puerta sentado frente a la máquina de escribir. Tengo que comprarle un ordenador, pensó. Es hora de modernizarlo.

Dos semanas más tarde, Andrés volvió de visita con el ahuyentador, con los pinchos desfigurándole el semblante. Se debatía entre subirlo con él o dejarlo en el coche hasta que su madre sacara el tema. Se decantó por lo primero, por la idea original. Las dudas, en cuanto al panorama que encontraría, se disiparon en cuanto Elvira abrió la puerta y lo abrazó. Habían pasado dos semanas desde la última vez que se vieron.

Durante la comida, creyó extraño que su madre abordara la cuestión del ahuyentador en cierto tono irónico, pues era impropio de ella sacar a relucir temas escabrosos con el plato humeante aún sobre la mesa. La rodilla de su padre se había curado, de modo que las plumas y excrementos de palomas habían desaparecido del balcón. Cualquier mínima queja sobre la limpieza del terrazo sobraría. No obstante, nada más acabar el postre, con menos tregua de la esperada, padre e hijo subieron al terrado, con el ahuyentador de palomas uno y la caja de herramientas el otro, alentados por Elvira.

Su hijo se movía de un extremo a otro recorriendo la baranda con el espantapájaros en la mano mientras su marido permanecía apoyado a la espera de que Andrés empezara. Ella miraba desde la puerta que abría el terrado. Mejor que muera él primero, llegó a pensar en otro tiempo, cuando temía que no pudiera arreglárselas sin ella, pero, ahora, a la edad de no saber qué resultaba más penoso, si mirar hacia atrás o hacia delante, los dos se necesitaban.

Elvira se acercó a Julio, le quitó el martillo de las manos y miró más allá de la baranda, al balcón.

—Nunca ha estado tan limpio como ahora.

Categorías:Relatos

Montse González de Diego

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