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84, Charing Cross Road

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Editorial: Anagrama
Páginas: 126
Fecha de publicación: 2002 (1ª publicación 1970)

84, Charing Cross Road se escribió poco a poco, sin que la propia autora sospechara que lograría traerle el éxito por el que había luchado durante toda una vida y que ni la propia televisión americana, para quien trabajaba en la creación de guiones, llegaría a proporcionarle.

Alrededor de los treinta años, la aún desconocida escritora tomó la decisión de formarse a través de la cultura clásica, de modo que buscó en las grandes librerías americanas los libros que servirían para cubrir su necesidad de aprender. Y fue en el año 1949 cuando se le ocurrió enviar una carta desde New York, la ciudad donde vivía, a Marks & Co., la librería situada en el número 84 de Charing Cross Road, en la ciudad de Londres, colocando así las primeras líneas de este libro.

Estaba claro que el mayor de sus problemas no se debía a la precaria situación económica en la que indudablemente se encontraba, ni mucho menos, sino a una extravagante curiosidad que la movía a cartearse con Frank Doel a fin de que este le proveyera todo tipo de libros difíciles de encontrar, un hábito que se prolongaría durante veinte años en los que unas cartas y otras cruzarían el charco y forjarían un hermoso diálogo que bebería de los libros, de la amistad, del humor y de la complicidad a la que dos amantes de la buena lectura podrían entregarse.

A lo largo de este epistolario desfilan los títulos que Frank envió a Helen entre los que se incluyen: los Diarios de Samuel Pepys, del que no quedó nada contenta, puesto que el ejemplar que recibió estaba incompleto, la Vulgata, las obras de Catulo, partituras de música, alguna obra de Jane Austen, cuya elección deja a criterio del librero, y otras peticiones y adquisiciones que reuniría durante aquellos años.

Como ambiente de fondo aparecen los años de la II Guerra Mundial, el racionamiento que sufrían en Londres Frank Doel y su familia, además del personal de la librería que también escribe a la autora y que se suma al presente epistolario, y otros personajes no menos entrañables que aparecen a lo largo de la lectura.

Nora Doel, esposa del librero, es uno de los personajes que participan de la correspondencia, y confiesa, en un momento de la historia, que llegó a sentir celos de la autora debido a su relación con Frank, al amor que ambos compartían por los libros y del que ella se sentía excluida. De hecho, la relación entre Frank y Helene llega a ser tan estrecha que deja lugar a la posibilidad de que ella pudiera sentirse así.

Me pareció especialmente tierno el envío de paquetes por Navidad que recuerdan a los que antiguamente viajaban de los pueblos a las ciudades o de las urbes a las aldeas, aunque, en esta ocasión, el intercambio se debe principalmente a la generosidad de Helene Hanff, ya que ella, como estadounidense, no padece las privaciones económicas impuestas por la guerra que sufren sus amigos londinenses.

 Es un libro ameno, se lee en poco tiempo, pero, bien sea porque trata sobre libros y sobre la necesidad de poseerlos, por la forma en la que está escrito, por la época, por el carácter de los personajes, por la ambientación o tal vez por nada de todo ello, sino por algo imperceptible a simple vista y que se nos escapa, no se olvida fácilmente.

Categorías:Recomendaciones Literarias

Montse González de Diego

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