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En una mañana cualquiera, podría bastar el estilo novecentista, el tejado a dos aguas, los ventanales a lo largo de la fachada, los arcos de medio punto en puertas y ventanas o bien las pilastras esculpidas para que un paseante decidiera adentrarse en un mercado de época situado en el centro de todas las poblaciones; sin embargo, las huellas de unos vecinos que, durante las primeras horas, subieron y bajaron por las calles céntricas, los cartones y papeles tirados en la plaza y que denotan movimientos extintos, los puestos ambulantes a la hora del cierre, a la hora de amontonar los restos de unos habitantes ya abastecidos pueden animarnos a visitar un espacio cotidiano y que no se levantó como reclamo turístico.

¿Quién no recuerda el mercado municipal donde compró durante momentos determinados de la vida? ¿Quién no recuerda el ambiente que se creaba en torno a ellos? En mi barrio natal, un paseo largo llevaba hasta él, hasta la plaza, un paseo en el que los vecinos se encontraban o quizá se conocían. Aquel mercado de la niñez, levantado sobre una tierra fértil donde tiempo atrás se había cultivado hortalizas, me conduce ahora, en una mañana de martes o de jueves, mientras visito un pueblo que me es habitual o desconocido, a cruzar una puerta.

Nada más entrar el olor de la pescadería me resulta familiar. Y sigo caminando y observo que nada ha cambiado, que la carnicería sigue en su sitio y los guantes de goma rosa de la dependienta y que incluso el bar, ese bar, signo de los nuevos tiempos, ajeno a la actividad comercial en la época romana se ha instalado definitivamente, frente a unos clientes sedientos que descansan sentados en taburetes con una clara fría entre las manos.

Y qué sorpresa cuando, entre aromas de cerezas, plátanos y ciruelas, veo, a mi derecha y frente a la frutería, una parada que alberga estanterías altas, en las tres paredes, repletas de libros de viejo. Subo el bordillo y me adentro en la parada como quien es otra, como aquella niña que veía a los dependientes detrás del mostrador y se preguntaba qué había en la zona oculta o por dónde entraban o cómo se sentían allí encerrados, y me adentro más aún decidida a comprar un libro y cojo a Margarite Duras. Y se acerca la frutera por detrás y me explica cómo funciona el intercambio de libros y pago y salgo con El amor entre mis manos.

Si la visita al mercado ha rozado lo maravilloso el libro de Duras no es menos sorprendente, un libro enigmático en el que tres personas se encuentran en una playa y vagan por ella. Un primer hombre que mira, observador de vidas ajenas; otro que camina y una mujer embarazada, ubicados de tal manera que forman un triángulo en una playa, en un paisaje, en un espacio impreciso que se extiende a lo largo de la narración.

En un momento dado el hombre que mira se mueve y empieza a caminar, a vagar, rompiendo de este modo el triángulo e integrándose en una narración onírica compuesta a base de frases mínimas y de un silencio que se escapa por cada uno de los puntos finales o seguidos, porque el relato, en sí mismo, es un continuo, un paseo sin ambición que no propone llegar a un lugar concreto, sino al vagar de unos personajes que evocan un tiempo o que caminan cerrados en una isla, en su isla.

Desde luego, El amor remite inevitablemente a otras obras de la autora como El amante, debido a la brevedad y contundencia de las frases, debido a los silencios, y se aleja estilísticamente de sus orígenes, de libros como La impudicia, influidos por la narrativa anglosajona.

Así pues, teniendo en cuenta la fase experimental de la autora cuando escribió obras como la presente, que rozan el guion cinematográfico, no es de extrañar que se la haya relacionado con el movimiento literario Nouveau roman y con la nómina de autores franceses que cuestionaron la forma tradicional de escribir novelas.

Alguien camina, cerca.

El hombre que miraba pasa entre la mujer de los ojos cerrados y el hombre lejano, el que va y viene, prisionero. Se oye el martilleo de su paso sobre el camino de tablas de la orilla de la mar. Este paso es irregular, inseguro.

Al final de la lectura, una siente que ha asistido a un final irremediable y definitivo, una siente que ha vivido en una metáfora, en una circularidad que nos implica a todos, igual que a los tres seres erráticos que recorren la isla o las páginas del libro; igual que otros vagamos por calles desconocidas, por lugares ya habitados y volvemos a nuestras plazas o a visitar un mercado en una mañana cualquiera.

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