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Petalografías

Invierno sin plumas

A las seis de la mañana de un agosto temible atravieso la puerta del vagón y enseguida, a cada paso que avanzo en busca de un asiento junto a la ventana, percibo el filo de la temperatura, hiriente, en la nariz. Me encojo aterida por el frío en un tren de pasajeros, sentados de medio lado, que inclinan sus cabezas y hunden sus frentes en el cobijo curvo del asiento, tapizado con tela azul, o bien cruzan los brazos y extienden las manos sobre ellos emulando la sábana abandonada en la mañana prematura.
El gobierno ha decidido mantener a raya la temperatura del aire acondicionado, fijar unos máximos o unos mínimos para el ahorro energético; aun así, a las seis de la mañana los sufridores del vagón nos preguntamos somnolientos y estirando las mangas cortas hacia abajo, de camisas y camisetas, por qué en el tren no se aplica la norma gubernamental, aunque sea ligeramente.
El deseo de llegar a la estación y de salir al andén, carente de artificios climatológicos, aumenta durante el trayecto de algo más de una hora hasta Barcelona. Pienso en la cercanía del invierno, y la urgencia de correr en el calendario pierde su vigor. ¿Qué tipo de invierno nos espera teniendo en cuenta la anarquía en las temperaturas, el ahorro energético, tan necesario, y los fenómenos climatológicos de los últimos años? Me pregunto.
El huracán Gloria, recuerdo, fue devastador. En mi pueblo de adopción, en el barrio pesquero, la arena de la playa se amontonaba más allá del paseo marítimo y cubría los bancos hasta ocultarlos por completo. Los vecinos, a las puertas de sus casas y a modo de parapeto, levantaban maderas de aproximadamente medio metro que impedían la entrada del agua, de la arena, del barro, de la amenaza. Inolvidable estampa.
A las cuatro de la tarde, sin embargo, en la Plaça de la Font, apenas queda el recuerdo de fríos ancestrales o matutinos, tal vez leves huellas del aire acondicionado en la garganta, pero el calor, realmente, es demencial.
La mayoría de los presentes nos resguardamos, asfixiados, a la sombra de los árboles o de sombrillas blancas, plantadas en las terrazas de los bares, mientras las palomas descansan sobre el asfalto y conquistan el centro de la plaza exponiendo sus cuerpecitos al sol —¡qué valientes!—, perdiendo la compostura, acogiéndose al humano deseo de estirar las alas, de ahuecar las plumas y de airear sus mullidos contornos.
Las poses que adopta cada una de ellas son francamente llamativas, un regalo para observadores o para amigos de pájaros y palomas, de modo que, en cuanto llego a casa, sorprendida por las torsiones de sus cuerpos, bajo los rayos solares, recuerdo un libro sobre aves columbiformes que mi padre sacó de su librería para prestarme y que detalla cada una de las partes que componen los esqueletos menudos de estos curiosos animales
Y descubro que sus alas, en los extremos, están dotadas de dígitos semejantes a dedos humanos y que suelen extenderlas o dejarlas caer hacia los lados imitando a una cascada como compruebo en la plaza.
Sigo investigando y llego a un artículo de la revista Bird, que plantea la pregunta de por qué las aves toman el sol en verano y donde se describen movimientos que veo desde la silla y frente a mi café con hielo: alas estiradas, extendidas o caídas, mientras expanden la cola, exposición de las partes inferiores o los flancos. Toman el sol en áreas abiertas y sin obstrucciones y se dan baños de polvo sobre lechos de mantillo, alejadas de la sombra, para matar gérmenes o secar sus alas rociadas de frescura, en fuentes como la erigida en la Plaça de la Font.
Desde luego, ignoro quién controla la temperatura de metros, autobuses y trenes a las seis de la mañana o cómo pasaremos el invierno, a pesar de las restricciones, pero estoy segura de que en los próximos meses recordaré a las palomas y sus baños de sol. Y el derroche energético.

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