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Petalografías

Un año en los bosques

Septiembre es un mes de inicios, de marcas con tinta roja en el calendario, de consultar la agenda de propósitos y de proyectos que un día decidimos esbozar sobre el papel. También hay quien ubica los comienzos en un mes aleatorio y condensa las vivencias de un tiempo prolongado en un periodo reducido que hilvane el hilo conductor de una historia, como hace la autora de «Un año en los bosques», de Errata Naturae. Al fin y al cabo, si el tiempo acaba por reducirnos, juguemos con él mientras podamos.
Sue Hubbell recoge su experiencia de doce años en las montañas Ozarks y sintetiza este periodo en un año de forma magistral. Bióloga de formación y bibliotecaria de profesión abandona la ciudad, la costa este de los EE. UU. y las comodidades que ofrece la urbe y la sociedad de consumo, para instalarse con su marido al sureste de Misuri, en una cabaña situada en plena naturaleza.
Una lee su obra y enseguida recuerda a Thoreau y su relato en el lago. De hecho, es interesante que la mayoría de los textos biográficos relacionados con Sue Hubbell y su traslado a las montañas señalen al escritor de Walden o a Whitman como referentes de la autora, aguijones que picaron su voluntad y la incitaron a mudarse de estilo de vida y a conformarse con ejercer la profesión de su abuelo. A conformarse con una vida de apicultora en los Ozarks.
Sin embargo, en una entrevista publicada en «El estado mental», ella reconoce a su padre como influencia inequívoca y ejemplo a seguir, y engrosa de este modo la lista de mujeres que escribieron sobre la naturaleza y nutrieron y perpetuaron el legado paterno con el néctar de la literatura. ¿Quién podría saber de dónde procede la inspiración y qué estímulos nos llevarán a tomar unas decisiones u otras?
En cualquier caso, fue su padre quien llevaba a pasear a la pequeña Sue, las tardes de sábado, mientras le mostraba el nombre en latín de las plantas y le explicaba cómo crecía la flora del entorno. A pesar de las dificultades que entrañaba recordar la nomenclatura, enseguida comprendió lo conveniente de aprenderla y las relaciones que desvelaba entre unos individuos y otros o entre unas especies y otras. Es interesante que Susan Fenimore Cooper también se pronunciara sobre el latín que daba nombre a la vegetación, aunque expresara rechazo por desnudar a las flores de sencillez y de vestirlas con el artificio del lenguaje de una lengua muerta. ¿Hubiera juzgado el latín de igual modo, la coetánea de Darwin, de haber vivido en una época reciente, ante el caudal de información y de descubrimientos científicos? Tal vez por ello nuestra autora encontrara en él un aliado.
Vivir en las montañas Ozarks exigía unas aptitudes y conocimientos de los que el matrimonio Hubbell carecía, pues ambos desconocían los principios básicos de la agricultura y de la ganadería, por lo que decidieron probar con las abejas.
¿Qué debió implicar para un matrimonio urbanita abandonar la civilización y adaptarse de un modo radical a la vida del apicultor? Pasar de lo idealizado a la experiencia cotidiana y llevarlo a ras de tierra no es fácil; a menudo, en ese cambio de estatus aparecen resistencias y afloran rechazos inesperados como le ocurrió al marido de la autora que, incapaz de acostumbrarse a la vida salvaje, acabó por abandonarlo todo, incluyendo su matrimonio de treinta años.
Pero siempre ha habido valientes y personas decididas, aptas para prescindir de lo innecesario y de sus miedos, para llevar vidas plenas obedeciendo al criterio propio. En el transcurso de los años Sue Hubbell fue descubriendo la inmensidad de su elección y del universo que había escogido, hectáreas de colinas donde ningún ser humano se había asentado desde la desaparición de los indios Osage.
Aunque es cierto que sus conocimientos de biología le otorgaban cierta seguridad y capacidad ante el medio, el mundo animal y vegetal, la naturaleza en sí misma, pronto alzaría el dedo y señalaría sus carencias ocupando de este modo el puesto de maestra indiscutible y necesaria, como ella humildemente reconoce.
No obstante, durante la lectura de la obra, el lector agradece los conocimientos de la autora y las explicaciones pormenorizadas sobre los procesos que observa, gracias, en cierta manera, a sus saberes como bióloga.
El uso de la analepsis en el texto es comedido y oportuno y abre una ventana que muestra a la joven Sue, en sus años de universitaria o nos emplaza al día que conoció a Paul, su marido, o a su aniversario de bodas o al momento en el que ambos decidieron mudarse a la cabaña. Recuerdos que se suceden a lo largo de los años y desde una granja situada a dos millas del pueblo, a la que se accede bordeando los riscos del río, donde crecen líquenes, musgos y helechos, donde el viento y la lluvia erosionan la roca.
Asimismo, las reflexiones a lo largo del texto son abundantes y las alusiones a la edad madura, al lugar que ocupa en el mundo la mujer, a cierta edad, son interesantes. La prosa es envolvente y sus descripciones líricas, la mayor parte del tiempo:
«Las reinitas estaban migrando; las había observado con los prismáticos en pleno vuelo e identifiqué una especie que no había visto hasta entonces. El sol se filtraba entre hojas nuevas, y el aire estaba impregnado de la fragancia de las flores del cerezo negro […] Me detuve a observarlas, bajo la luz del sol. El mundo parecía haber seguido adelante perfectamente sin que yo me percatase siquiera. De forma secreta y llena de gratitud, descubrí que esa parte de mí que se marchó, nutriendo tristeza y dolor, había regresado».
A partir de ahí vemos a la Dama de las abejas, apelativo que emplearían los vecinos del entorno, realizando tareas de lo más diversas: reparando una furgoneta mientras escucha a Albioni, Mozart y Bethoven o talando árboles con la motosierra, a pesar de su inexperiencia.
Los personajes que aparecen en el libro son variados y el sentido del humor caracteriza a la autora. Así, contemplamos a las ranas invadiendo la cama y que irónicamente compara a la plaga bíblica y al quisquilloso, como ella señala, faraón de Egipto que, a su vez, equipara al quejumbroso inspector de sanidad cuando sorprende a las abejas rondando el alimento que ella venderá, es decir, a las abejas que rondan, como no, el panal de miel.
Saltamontes hoja verde, chotacabras, polillas nocturnas, búhos y mosquitos emergen de las páginas del libro durante las primeras horas del día. Narra el comportamiento de ácaros, murciélagos, ranas, mariposas monarca, descripciones que enriquecen su escritura de forma notable e incluye su estilo literario en el Nature Writing o bien, usando el término español de nuevo cuño, en Liternatura.
Otro de los personajes es el grupo local de veteranos de guerra y sus familias, instaladas en un campamento junto al río, al norte de la granja en la que ella reside. Describe las relaciones entre ellos, las manías, el sentido del humor que en ocasiones manifiestan, también situaciones dramáticas como el suicidio.
Presenta de igual modo al mecánico, afincado al otro lado del arroyo, que la ayuda a cambiar el motor de arranque. O al hombre del desguace que, soplete en mano, la recibe despiezando un Pontiac y que le ofrece un café al tiempo que le reprocha la interrupción en su trabajo. Encuentro que servirá de base para hablar sobre el desarrollo de las relaciones en un entorno despoblado y en el que las condiciones hostiles sumen a sus habitantes en la precariedad.
Sus experiencias como apicultora a menudo son hermosas e instructivas; así, sabemos que las abejas se comunican entre ellas de dos formas distintas: una es química y la otra motriz, y las emplean a conveniencia para informar dónde encontrar comida o la ubicación de un nuevo hogar.
El respeto por el entorno y el amor a los seres que la acompañan es patente. Las colonias de abejas, añade, adoptan su esencia y carácter de la reina, por ello, aunque en ocasiones le hubiera resultado ventajoso matar a la reina en su vejez y cambiarla por una nueva, a fin de convertir la colonia en una buena productora de miel, prefiere mantenerla para no destruir la identidad del enjambre.
Las estaciones se suceden a lo largo del libro y dan título a los diferentes capítulos, y es en el otoño cuando aparece su hijo, Brian, y su amiga Liddy. La maternidad aparece como tema, los sentimientos encontrados que produjo la llegada del rorro y el amor infinito por el rostro infantil, visto por primera vez, en un pasado cada vez más lejano.
La vida en las montañas no es fácil para una apicultora sin recursos que se ve obligada a dormir en áreas de servicio para vender miel, pero, a pesar de la precariedad, de la falta de respuestas en todo cuanto la rodea, encuentra su lugar e invita al lector a conocerlo, a quedarse en él para siempre.

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